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El dolor de la infidelidad se siente en todo el cuerpo

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El dolor de la infidelidad se siente en todo el cuerpo

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El dolor emocional de una infidelidad o un desengaño tiene efectos físicos, sobre todo en ellas.

Enterarse de que la persona que se ama es infiel genera una cascada de emociones devastadoras, como la tristeza profunda, la ansiedad y la pérdida de la autoestima y de la confianza en el futuro, sobre todo cuando se es mujer.

"No es para menos -asegura el psiquiatra Rodrigo Córdoba (Colombiano)-, ellas tienen una predisposición orgánica y genética mayor a sufrir trastornos del ánimo, como la depresión, cuando se enfrentan a situaciones de este tipo".

El problema se agrava porque ese sufrimiento causa efectos físicos. Eso quedó demostrado, hace un par de años, con un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de California (Los Ángeles, EE. UU.), que lideró Naomi I. Eisenberger.

Según este grupo, un corazón destrozado por un divorcio, una ruptura y el rechazo de un amor o de un grupo pueden provocar tanto daño en los centros de dolor del cerebro (entre ellos la corteza anterior del cíngulo), como una herida física real.

 

Se pierde el equilibrio

Se sabe que en todo ser humano hay una unión funcional entre la mente y el cuerpo; de ese modo, si una parte se afecta, la otra también.

Así como el equilibrio emocional es complementario de la buena salud, las emociones negativas pueden generar alteraciones orgánicas.

De acuerdo con la Asociación Colombiana para el Estudio del Dolor, el cuerpo de las personas anímicamente afectadas aumenta la producción de unas sustancias conocidas como las catecolaminas, que elevan la presión arterial y aumentan la frecuencia cardíaca; de no corregirse, el problema puede desembocar, progresivamente, en daños coronarios e infartos cerebrales, entre otros problemas graves.

Y como paralelamente se disminuye la producción de sustancias como la dopamina, la serotonina y las endorfinas, se experimenta una sensación de malestar y de desinterés, que afectan el sueño, el apetito y la actividad física.

"En este punto -dice la psiquiatra Olga Albornoz- hay compromiso de las defensas del cuerpo, lo cual lo deja más expuesto. Por eso estas personas necesitan apoyo para superar su crisis".

 

La genética influye en los estados de ánimo

¿Qué explica el hecho de que las mujeres sean más proclives a sufrir trastornos depresivos o ansiosos?

De acuerdo con Rodrigo Córdoba, la evidencia se inclina hacia la combinación de factores hormonales, neuronales (condicionados por los genes), biológicos y medioambientales, que activan los mecanismos del estrés. Al depender de las hormonas, éstos tienen mayor incidencia en el sexo femenino.

"Esa sería una de las razones por las que la pubertad, la primera menstruación, el posparto y la menopausia se consideran momentos críticos en esta materia, pues aumentan la tasa de episodios depresivos y la posibilidad de reincidir para aquellas que ya los han sufrido", señala Rosa Catalán, profesora de psiquiatría de la U. de Barcelona (España).

 

¿Cuándo hay que pedir ayuda?

En los siguientes casos es recomendable buscar apoyo de un profesional:

Cuando sienta que el dolor y la tristeza que la embargan, que la mantienen al borde del llanto, son inmanejables y obstaculizan su vida familiar, personal, social y laboral.

Cuando no tenga claridad de lo que le pasó: ¿Qué hice mal? ¿Habré tenido la culpa? ¿Por qué no me di cuenta antes? ¿Por qué me pasó a mí?

Cuando lo que pasó se convierta en una idea fija, y por ella pierda el sueño, el apetito, el gusto por las cosas de la vida.

Cuando experimente problemas de salud, dolores de distinto tipo y síntomas que no tenía antes o pierda peso con rapidez.

Cuando note que le cuesta reírse, que todo le genera apatía y que tiende a encerrarse y aislarse de los demás (el test de Hamilton lo orienta sobre el trastorno depresivo).

 

No se equivoque, haga duelo

Isa Fonnegra de Jaramillo, psicóloga clínica especializada en duelo, sostiene que el dolor que experimentan las mujeres tras una infidelidad no solo se da por la sensación de haber sido remplazadas, también por la automática pérdida de la capacidad de confiar, de proyectarse hacia el futuro junto a otra persona.

"Aunque las heridas emocionales pueden ser las mismas que en los hombres, las respuestas afectivas de la mujer suelen ser más sensibles, más profundas y más duraderas", dice Fonnegra.

Además, culturalmente a las mujeres se les permite más expresar sus dolores que a los hombres, "se mantiene esa visión machista que les censura a ellos la posibilidad de demostrar abiertamente lo que sienten".

 

Deténgase, revise y llore

De acuerdo con la especialista, el camino a seguir cuando uno se enfrenta a este tipo de dolor, es el duelo: "Hay que detenerse y mirar, evaluar, revisar, sentir lo que ocurrió, llorar; de ese modo se configura la posibilidad de emprender un proceso de aceptación de la pérdida sufrida. Sin eso no es posible reinventarse creativamente más adelante".

La especialista llama la atención sobre el hecho de que la sociedad actual no es dada a esos procesos.

"Es individualista, inmediatista, blindada a los sentimientos; no acepta el dolor y no tiene tiempo para procesar las penas, así que las esquiva. La sociedad le grita a la persona que sufre, ¡supérelo! Y en ese camino ella tiende a incurrir, equivocadamente, en relaciones pasajeras, que lastiman más, y hasta en adicciones al alcohol, a las drogas, a los antidepresivos y al ejercicio, entre otras, con las que, literalmente, quiere anestesiar todo el dolor".

'Tengo una cicatriz en el alma'

"No solo la felicidad se va cuando a uno lo engañan, también la confianza en uno mismo y en los demás.

"Soy contadora y tengo tres niños pequeños; cuando me di cuenta de que la entrega de mi esposo a su trabajo tenía a una colega suya de la oficina como principal motivación, el mundo se me vino al piso.

"Lo adoraba, y darme cuenta de que el sentimiento no era mutuo casi me mata. Acepté seguir adelante, porque sentí que si no volvía a verlo me moriría, que mi vida se acabaría. Pero la relación estaba rota y la vida en la casa era un infierno. Al cabo de un tiempo se fue, y yo me refugié en mis hijos y en mi trabajo.

"Ya pasaron tres años, he visto a más de un psiquiatra, pero sigo igual: me río poco, estoy agotada porque no duermo bien, me duele la cabeza... Hay una cicatriz en el alma, que no me deja vivir ni enamorarme otra vez".

María V, 34 años.

Por: Carlos F. Fernández | Sonia Perilla S

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